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	<title>Chispazos - Solange Vernon</title>
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	<description>La chispa de la vida no se bebe, se construye cada día, mejor si es en compañía de literatura</description>
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	<title>Chispazos - Solange Vernon</title>
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		<title>Carta a Carmen Martín Gaite</title>
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		<dc:creator><![CDATA[solangev]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 08 Dec 2025 15:48:09 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos]]></category>
		<category><![CDATA[Chispazos]]></category>
		<category><![CDATA[CarmenMartínGaite]]></category>
		<category><![CDATA[Entrevisillos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Esta carta está recogida en la antología de escritoras sin síndrome de la impostora, tras la lectura del libro maravilloso de Andrea Mateos: Impostora. Un retrato silvestre para reivindicar la escritura propia. Madrid, en alguna fecha incierta de esta vida loca Querida Carmen: ¿Cómo estás? Por aquí ando con nubosidad variable, tanto en el ambiente como en mi cabeza, pero por fin he podido sentarme a dedicarte unas líneas. La culpa es de otra escritora: Andrea Mateos, que acaba de regalarnos, a las mujeres de La Resistencia Literaria, un retrato silvestre para reivindicar la escritura propia. No imaginas la emoción que hemos sentido todas al leer sus textos y vernos reflejadas en sus letras. Ay, Carmen, tienes que unirte a uno de nuestros aquelarres. No temas, no somos sectarias ni tendrás nada que hacer. Algunos, tal vez, te digan que es un club, una sociedad literaria o incluso una plataforma de indignadas, pero te diría que es todo mucho más sencillo. Tan solo somos una resistencia silenciosa, ni siquiera organizada, que lo único que busca es vivir, no solo entre visillos o en los márgenes, sino también ocupar calles y espacios. Tú ya me entiendes: convertirnos en paseantes que escriben y leen, que anotan y observan. Sí, somos esas que llevamos libros y magia en bolsas de tela —que llaman ahora tote bags—, o esas otras que llevabas tú, de redecilla beige, junto a los limones y el manojo de acelgas del mercado. Somos las que nos pasamos de parada de autobús por culpa de un capítulo más o las que preferimos pasar la noche con un buen libro en lugar de con un mal amante. La Resistencia Literaria la crean mujeres vivas y muertas, con caminos hechos y senderos nuevos por hacer. Como tú. He tenido la suerte de encontrarme ya con algunas de ellas: Andrea, May, Virginia, Mary, Esmeralda, Valeria, Vanessa, Rosa, Sylvia, Annie, Begoña, Marta, Sofía, Mariana, Raquel, Sabela, Cristina, Sara, Irene, Alba, Laura, Yolanda… ¡pero tengo tantas pendientes de conocer!: Elena, Marguerite, Clara, María Mercedes, Joanna… El listado no terminaría nunca. Cada una de estas mujeres es un faro que me transporta con su luz a otro con el que alumbrarme. Por todas ellas circulan ríos desbordados de tinta que nos llevan de la una a la otra, como una ramificación neuronal silente que grita y nos interpela a tomar la pluma y no parar de atrapar la vida en servilletas, tickets y libretas. Pero no me enrollo más. Como te decía, por fin pude sentarme hoy en mi escritorio, es decir, la mesa del salón donde comemos, ordeno las facturas y hacen los deberes las niñas. He comenzado de madrugada, decidida a recuperar la magia de las relaciones epistolares, esas que en mi adolescencia me hacían odiar los domingos, porque no había correo ni cartero que pudiera traer las buenas nuevas de cualquiera de mis amigas o de mis amores frustrados. Como te digo, estaba yo en ese momento que llaman la hora azul, esa que, desde mi ventana, convierte las tejas envejecidas de la casa de enfrente en promesa de vida en calma que luego nunca es. Es ese momento en el que una quiere romantizar su día, mirar el horizonte y pensar que tiene un par de horas para escribir y ser. Sí, ser yo, sin etiquetas de madre, amiga, esposa, trabajadora, hija o persona amable que te encuentras en el ascensor. Ese momento. Ese que es una suerte de plenitud. ¿Es horrible pensar que solo ahí, fugazmente, somos? Sería tan triste… Me quedaré con la frase de Walt Whitman que dice que “contenemos multitudes”. Sí, eso es. Nos diremos que estamos llenas de universos y ambivalencias. Que me lo digan cuando peino a mis hijas y no reconozco esas manos que trenzan su pelo mientras piensan cómo sacar tiempo para trenzar historias.&#160; ¿Se puede estar aquí y allí a la vez? ¿Se puede ser una y contener todas las maternidades e identidades que nos hemos ido creando? La hibridez y la contradicción están en mi ADN como tatuajes de fuego. Querida Carmen, las luces del obrador de debajo de casa ya están prendidas y casi puedo oler los bollos de leche que empiezan a hornear. Prendido está también mi deseo de escribir. El deseo es importante: es el disparadero de todo lo demás. Son las 6:30. Aún hay tiempo, me digo, y sigo soñando con la tinta y el trazo sobre el papel. Ingenua. La llamada del viento en una ventana mal cerrada nos ha devuelto a lo doméstico: Portazo y grito desgarrador de una niña asustada. —¡Mamaaaá! Maldigo la ventana y a mí misma por no haber revisado cada detalle antes de poner negro sobre blanco. Ya me sé el final de esta función: adiós a la tinta hasta la hora verde o cualquiera que sea el color que toque. &#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;&#160;{&#160; &#160; la vida &#160; &#160; &#160; } Amiga, ya he vuelto, ya sabes que quienes escribimos lo hacemos en huecos y rincones, en la hora amarilla, negra, violeta o naranja, en la hora turbia, y, con suerte, en la hora de la aurora boreal, esa en la que se produce el milagro y, de repente, sabes que es ahí, y que solo por ese instante, valió la pena. Son las tres y me está entrando sueño. Estoy deseando saber lo que piensas de toda esta verborrea de madrugadas y madrugones, hecha de los jirones de esas mujeres que soy. Te seguiré escribiendo para ser y narrarme, para retozar en todas mis vidas.&#160; Desde ya, gracias, amiga. Me narro porque sabes leerme, porque juntas nos relatamos. Voy a apagar la luz. Buenas noches, estés donde estés. Te volveré a escribir desde el cuarto de atrás. Tuya y todo eso,Lara&#160; P.D. Pronto recibirás la notificación de tu registro en La Resistencia Literaria. Me tomaré la libertad de inscribirte directamente sin esperar tu respuesta.</p>
<p>La entrada <a href="https://solangevernon.com/carta-a-carmen-martin-gaite/">Carta a Carmen Martín Gaite</a> se publicó primero en <a href="https://solangevernon.com">Solange Vernon</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><em>Esta carta está recogida en la antología de escritoras sin síndrome de la impostora, tras la lectura del libro maravilloso de Andrea Mateos: <strong>Impostora. Un retrato silvestre para reivindicar la escritura propia.</strong></em></p>



<p></p>



<p class="has-text-align-right">Madrid, en alguna fecha incierta de esta vida loca</p>



<p>Querida Carmen:</p>



<p>¿Cómo estás? Por aquí ando con <em>nubosidad variable</em>, tanto en el ambiente como en mi cabeza, pero por fin he podido sentarme a dedicarte unas líneas.</p>



<p>La culpa es de otra escritora: Andrea Mateos, que acaba de regalarnos, a las mujeres de La Resistencia Literaria, un retrato silvestre para reivindicar la escritura propia. No imaginas la emoción que hemos sentido todas al leer sus textos y vernos reflejadas en sus letras.</p>



<p>Ay, Carmen, tienes que unirte a uno de nuestros aquelarres. No temas, no somos sectarias ni tendrás nada que hacer. Algunos, tal vez, te digan que es un club, una sociedad literaria o incluso una plataforma de indignadas, pero te diría que es todo mucho más sencillo. Tan solo somos una resistencia silenciosa, ni siquiera organizada, que lo único que busca es vivir, no solo <em>entre visillos </em>o en los márgenes, sino también ocupar calles y espacios.</p>



<p>Tú ya me entiendes: convertirnos en paseantes que escriben y leen, que anotan y observan. Sí, somos esas que llevamos libros y magia en bolsas de tela —que llaman ahora <em>tote bags</em>—, o esas otras que llevabas tú, de redecilla beige, junto a los limones y el manojo de acelgas del mercado. Somos las que nos pasamos de parada de autobús por culpa de un capítulo más o las que preferimos pasar la noche con un buen libro en lugar de con un mal amante.</p>



<p>La Resistencia Literaria la crean mujeres vivas y muertas, con caminos hechos y senderos nuevos por hacer. Como tú. He tenido la suerte de encontrarme ya con algunas de ellas: Andrea, May, Virginia, Mary, Esmeralda, Valeria, Vanessa, Rosa, Sylvia, Annie, Begoña, Marta, Sofía, Mariana, Raquel, Sabela, Cristina, Sara, Irene, Alba, Laura, Yolanda… ¡pero tengo tantas pendientes de conocer!: Elena, Marguerite, Clara, María Mercedes, Joanna… El listado no terminaría nunca.</p>



<p>Cada una de estas mujeres es un faro que me transporta con su luz a otro con el que alumbrarme. Por todas ellas circulan ríos desbordados de tinta que nos llevan de la una a la otra, como una ramificación neuronal silente que grita y nos interpela a tomar la pluma y no parar de atrapar la vida en servilletas, tickets y libretas.</p>



<p>Pero no me enrollo más. Como te decía, por fin pude sentarme hoy en mi escritorio, es decir, la mesa del salón donde comemos, ordeno las facturas y hacen los deberes las niñas. He comenzado de madrugada, decidida a recuperar la magia de las relaciones epistolares, esas que en mi adolescencia me hacían odiar los domingos, porque no había correo ni cartero que pudiera traer las buenas nuevas de cualquiera de mis amigas o de mis amores frustrados.</p>



<p>Como te digo, estaba yo en ese momento que llaman <em>la hora azul</em>, esa que, desde mi ventana, convierte las tejas envejecidas de la casa de enfrente en promesa de vida en calma que luego nunca es. Es ese momento en el que una quiere romantizar su día, mirar el horizonte y pensar que tiene un par de horas para escribir y ser.</p>



<p>Sí, ser yo, sin etiquetas de madre, amiga, esposa, trabajadora, hija o persona amable que te encuentras en el ascensor. Ese momento. Ese que es una suerte de plenitud.</p>



<p>¿Es horrible pensar que solo ahí, fugazmente, somos? Sería tan triste…</p>



<p>Me quedaré con la frase de Walt Whitman que dice que “contenemos multitudes”. Sí, eso es. Nos diremos que estamos llenas de universos y ambivalencias. Que me lo digan cuando peino a mis hijas y no reconozco esas manos que trenzan su pelo mientras piensan cómo sacar tiempo para trenzar historias.&nbsp;</p>



<p>¿Se puede estar aquí y allí a la vez? ¿Se puede ser una y contener todas las maternidades e identidades que nos hemos ido creando? La hibridez y la contradicción están en mi ADN como tatuajes de fuego.</p>



<p>Querida Carmen, las luces del obrador de debajo de casa ya están prendidas y casi puedo oler los bollos de leche que empiezan a hornear. Prendido está también mi deseo de escribir. El deseo es importante: es el disparadero de todo lo demás.</p>



<p>Son las 6:30. Aún hay tiempo, me digo, y sigo soñando con la tinta y el trazo sobre el papel. Ingenua. La llamada del viento en una ventana mal cerrada nos ha devuelto a lo doméstico: Portazo y grito desgarrador de una niña asustada.</p>



<p>—¡Mamaaaá!</p>



<p>Maldigo la ventana y a mí misma por no haber revisado cada detalle antes de poner negro sobre blanco. Ya me sé el final de esta función: adiós a la tinta hasta la hora verde o cualquiera que sea el color que toque.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;{&nbsp; &nbsp; la vida &nbsp; &nbsp; &nbsp; }</p>



<p>Amiga, ya he vuelto, ya sabes que quienes escribimos lo hacemos en huecos y rincones, en la hora amarilla, negra, violeta o naranja, en la hora turbia, y, con suerte, en la hora de la aurora boreal, esa en la que se produce el milagro y, de repente, sabes que es ahí, y que solo por ese instante, valió la pena.</p>



<p>Son las tres y me está entrando sueño. Estoy deseando saber lo que piensas de toda esta verborrea de madrugadas y madrugones, hecha de los jirones de esas mujeres que soy. Te seguiré escribiendo para ser y narrarme, para retozar en todas mis vidas.&nbsp;</p>



<p>Desde ya, gracias, amiga. Me narro porque sabes leerme, porque juntas nos relatamos. Voy a apagar la luz. Buenas noches, estés donde estés. Te volveré a escribir desde <em>el cuarto de atrás.</em></p>



<p>Tuya y todo eso,<br>Lara&nbsp;</p>



<p>P.D. Pronto recibirás la notificación de tu registro en La Resistencia Literaria. Me tomaré la libertad de inscribirte directamente sin esperar tu respuesta.</p>
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		<title>¿Por qué este desasosiego?</title>
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		<dc:creator><![CDATA[solangev]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 26 Nov 2023 15:26:14 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Chispazos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Si no te abrasaste la lengua con la sopa, si los plátanos siguen amarillos en el frutero, si pillaste paraguas antes de salir de casa, si hiciste el disfraz para el cole o lo compraste ya en Amazon, si los niños están bien, tu marido está bien, tu abuela cumplió 100 años, tu madre tomó la pastilla azul, si el bus verde llegó en hora, fuiste a la pelu a cubrir tus canas,  compraste una crema con retinol, si aplicas contorno de ojos a la noche, si no te faltan dientes, si tuviste una moneda que poner debajo de la almohada de tus hijos -de parte del Ratón Pérez-, si tu colon irritable ya no es, si puedes ir al cine hoy,  comprar de vez en cuando café specialty, si pagaste tu hipoteca, tienes seguro de la casa, hiciste ya un bizum para ese regalo de alguien que no te importa, si presumes de haberte construido a ti misma, si el covid no te mató a nadie cercano, si el cáncer te mató a menos que a otros, si eres piscis,  soñadora, si haces el amor y foll&#38;% con él mismo -como crees que debe ser-, si encontraste tu anillo de casada dos horas después en el baño de aquel bar (porque nadie lo quiso), si tus hijos tienen mantas, sale agua del grifo, te sale un gazpacho más que decente, tienes una olla express para hacer cocido, adoras a tu suegra, tu jefe te cae bien, vives en una zona sin terremotos, si hoy ya escribiste tus morning pages, bebiste dos litros de agua e hiciste 10 minutos de meditación con una vela de soja vegetal, si ya comiste quinoa esta semana y sabes hacer un brunch con huevos poché, si el que tiró una cajetilla de tabaco vacía por la ventanilla del coche no es de tu familia, si no tienes 87 años y no necesitabas ese asiento en el metro que nadie cedió, si tus articulacioens aún te responden como deseas, entonces si todo está bien, Candela ¿por qué este desasosiego? ¿por qué esa sensación de existencia viscosa, de catástrofe, por qué hueles a quemado todo el rato, por qué ese sentimiento suicida de querer reventar todo por los aires? (Texto inspirado o mejor dicho burda imitación del artículo maravilla de Leila Guerriero «¿Les pasa?, publicado en su recopilatorio Teoría de la gravedad.) Foto de Ömer Aydın.</p>
<p>La entrada <a href="https://solangevernon.com/por-que-este-desasosiego/">¿Por qué este desasosiego?</a> se publicó primero en <a href="https://solangevernon.com">Solange Vernon</a>.</p>
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<p>Si no te abrasaste la lengua con la sopa, si los plátanos siguen amarillos en el frutero, si pillaste paraguas antes de salir de casa, si hiciste el disfraz para el cole o lo compraste ya en Amazon, si los niños están bien, tu marido está bien, tu abuela cumplió 100 años, tu madre tomó la pastilla azul, si el bus verde llegó en hora, fuiste a la pelu a cubrir tus canas,  compraste una crema con retinol, si aplicas contorno de ojos a la noche, si no te faltan dientes, si tuviste una moneda que poner debajo de la almohada de tus hijos -de parte del Ratón Pérez-, si tu colon irritable ya no es, si puedes ir al cine hoy,  comprar de vez en cuando café specialty, si pagaste tu hipoteca, tienes seguro de la casa, hiciste ya un bizum para ese regalo de alguien que no te importa, si presumes de haberte construido a ti misma, si el covid no te mató a nadie cercano, si el cáncer te mató a menos que a otros, si eres piscis,  soñadora, si haces el amor y foll&amp;% con él mismo -como crees que debe ser-, si encontraste tu anillo de casada dos horas después en el baño de aquel bar (porque nadie lo quiso), si tus hijos tienen mantas, sale agua del grifo, te sale un gazpacho más que decente, tienes una olla express para hacer cocido, adoras a tu suegra, tu jefe te cae bien, vives en una zona sin terremotos, si hoy ya escribiste tus <em>morning pages</em>, bebiste dos litros de agua e hiciste 10 minutos de meditación con una vela de soja vegetal, si ya comiste quinoa esta semana y sabes hacer un brunch con huevos poché, si el que tiró una cajetilla de tabaco vacía por la ventanilla del coche no es de tu familia, si no tienes 87 años y no necesitabas ese asiento en el metro que nadie cedió, si tus articulacioens aún te responden como deseas, entonces si todo está bien, Candela ¿por qué este desasosiego? ¿por qué esa sensación de existencia viscosa, de catástrofe, por qué hueles a quemado todo el rato, por qué ese sentimiento suicida de querer reventar todo por los aires?<br><br>(Texto inspirado o mejor dicho burda imitación del artículo maravilla de Leila Guerriero «¿Les pasa?, publicado en su recopilatorio Teoría de la gravedad.)</p>



<p></p>



<p>Foto de Ömer Aydın.</p>
<p>La entrada <a href="https://solangevernon.com/por-que-este-desasosiego/">¿Por qué este desasosiego?</a> se publicó primero en <a href="https://solangevernon.com">Solange Vernon</a>.</p>
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		<title>Frío</title>
		<link>https://solangevernon.com/frio/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[solangev]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 26 Nov 2023 15:14:42 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Chispazos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Decir adiós da frío. Empaquetar tus cosas, también. Hacer scroll, sin rumbo, congela.Deslizar el dedo por la pantalla del móvil en lugar de por tu piel, me hiela. Encontrar en Wallapop nuestro cuadro del salón, ese con el marco color wengué, como querías, «a juego con las sillas»&#8230;El lago helado, aquella foto de un invierno tórrido de los comienzos.Todo eso es, ¿cómo decirlo? GLACIAL. Comerciar con nuestros recuerdos, como si ya no fueran.¡Qué frío! Siempre fui un pasmado. Foto de Dan Hamill.</p>
<p>La entrada <a href="https://solangevernon.com/frio/">Frío</a> se publicó primero en <a href="https://solangevernon.com">Solange Vernon</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p>Decir adiós da frío. Empaquetar tus cosas, también.</p>



<p>Hacer scroll, sin rumbo, congela.<br>Deslizar el dedo por la pantalla del móvil en lugar de por tu piel, me hiela.</p>



<p>Encontrar en Wallapop nuestro cuadro del salón, ese con el marco color wengué, como querías, «a juego con las sillas»&#8230;<br>El lago helado, aquella foto de un invierno tórrido de los comienzos.<br>Todo eso es, ¿cómo decirlo? GLACIAL.</p>



<p>Comerciar con nuestros recuerdos, como si ya no fueran.<br>¡Qué frío!</p>



<p>Siempre fui un pasmado.</p>



<p></p>



<p>Foto de Dan Hamill.</p>
<p>La entrada <a href="https://solangevernon.com/frio/">Frío</a> se publicó primero en <a href="https://solangevernon.com">Solange Vernon</a>.</p>
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		<title>Sobre las pérdidas invisibles</title>
		<link>https://solangevernon.com/sobre-las-perdidas-invisibles/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[solangev]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 26 Nov 2023 12:26:31 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Chispazos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Perder: Dejar de tener aquello que se poseía, sea por culpa o descuido del poseedor, sea por contingencia o desgracia. Cuando Candela comunicó a su pareja que había perdido al bebé que esperaban, que había desaparecido la posibilidad de un segundo hijo, la posibilidad de un hermano para Candela Junior -recordemos que los segundos sólo existen porque ya hay un primero-, cuando Candela se oyó decir en voz alta: “He perdido al bebé”, sintió que el lenguaje y las palabras la habían abandonado.&#160; A ella, que vivía de la carpintería de las palabras, estas no le permitían hablar con propiedad sobre “lo invisible”, sobre “eso que no se cuenta” aunque le pase a una de cada cuatro mujeres gestantes.La palabra perder le recordaba la niña que fue, esa que se dejaba la bufanda en el patio del cole o esa otra jovencita de veintitantos que, después de una noche de verano, no encontraba su sujetador. Ella había perdido al bebé, como si hubiera sido un descuido, como si no hubiera prestado suficiente atención. Se olvidaba de que la pérdida, según la RAE, también estaba asociada a otras «contingencias» fuera de su control. ¡Ay, Candela que cualquier día pierdes la cabeza! Por eso cuando llegó a casa derrotada y, sí, perdida, le contó a Candela Junior que el bebé se había escapado, como si así se librara de un peso que la señalaba.&#160; –¿Volverá? –No, no volverá pero tal vez venga otro bebé a quedarse. Años después Candela Junior jugaba con su hermana y su amiga invisible.&#160;Hacían teatrillos, inventaban diálogos y hablaban con Gina. Así la llamaban.Gina siempre tenía un cubierto en la mesa, una silla vacía y un hueco en la cama. –Mami, ¿te acuerdas de Gina? –No, no la conozco, ¿me la presentas?– decía divertida. –No hace falta, ella a ti sí. Es el bebé que se escapó. Sigue siendo muy traviesa, le encanta jugar al escondite, pero siempre aparece. Candela se sentó a escribir. Borró el final de su novela y tecleó: “Los niños, como el arte, convierten en visible lo invisible. Y siempre te encuentran». Texto inspirado por el maravilloso podcast de Valeria Palmeiro (Coco Dávez) y Leticia Sala. Lo puedes escuchar aquí. Gracias por dar voz a todas las maternidades y formas de creación.</p>
<p>La entrada <a href="https://solangevernon.com/sobre-las-perdidas-invisibles/">Sobre las pérdidas invisibles</a> se publicó primero en <a href="https://solangevernon.com">Solange Vernon</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p>Perder: Dejar de tener aquello que se poseía, sea por culpa o descuido del poseedor, sea por contingencia o desgracia.</p>



<p>Cuando Candela comunicó a su pareja que había perdido al bebé que esperaban, que había desaparecido la posibilidad de un segundo hijo, la posibilidad de un hermano para Candela Junior -recordemos que los segundos sólo existen porque ya hay un primero-, cuando Candela se oyó decir en voz alta: “He perdido al bebé”, sintió que el lenguaje y las palabras la habían abandonado.&nbsp;</p>



<p>A ella, que vivía de la carpintería de las palabras, estas no le permitían hablar con propiedad sobre “lo invisible”, sobre “eso que no se cuenta” aunque le pase a una de cada cuatro mujeres gestantes.<br>La palabra perder le recordaba la niña que fue, esa que se dejaba la bufanda en el patio del cole o esa otra jovencita de veintitantos que, después de una noche de verano, no encontraba su sujetador.</p>



<p>Ella había perdido al bebé, como si hubiera sido un descuido, como si no hubiera prestado suficiente atención. Se olvidaba de que la pérdida, según la RAE, también estaba asociada a otras «contingencias» fuera de su control. ¡Ay, Candela que cualquier día pierdes la cabeza!</p>



<p>Por eso cuando llegó a casa derrotada y, sí, perdida, le contó a Candela Junior que el bebé se había escapado, como si así se librara de un peso que la señalaba.&nbsp;</p>



<p>–¿Volverá?</p>



<p>–No, no volverá pero tal vez venga otro bebé a quedarse.</p>



<p>Años después Candela Junior jugaba con su hermana y su amiga invisible.&nbsp;Hacían teatrillos, inventaban diálogos y hablaban con Gina. Así la llamaban.<br>Gina siempre tenía un cubierto en la mesa, una silla vacía y un hueco en la cama.</p>



<p>–Mami, ¿te acuerdas de Gina?</p>



<p>–No, no la conozco, ¿me la presentas?– decía divertida.</p>



<p>–No hace falta, ella a ti sí. Es el bebé que se escapó. Sigue siendo muy traviesa, le encanta jugar al escondite, pero siempre aparece.</p>



<p>Candela se sentó a escribir. Borró el final de su novela y tecleó: “Los niños, como el arte, convierten en visible lo invisible. Y siempre te encuentran».</p>



<p>Texto inspirado por el maravilloso podcast de Valeria Palmeiro (Coco Dávez) y Leticia Sala. Lo puedes escuchar <a href="https://open.spotify.com/show/2SeVjB8lWivJUj0nEy4p1i">aquí</a>. Gracias por dar voz a todas las maternidades y formas de creación.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="800" height="604" src="http://solangevernon.com/wp-content/uploads/2023/11/IMG_20231126_132113-e1701001421819.jpg" alt="" class="wp-image-516"/></figure>
<p>La entrada <a href="https://solangevernon.com/sobre-las-perdidas-invisibles/">Sobre las pérdidas invisibles</a> se publicó primero en <a href="https://solangevernon.com">Solange Vernon</a>.</p>
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		<title>¿Mis pulmones? Bien, gracias. Crónica de un cumpleaños</title>
		<link>https://solangevernon.com/mis-pulmones-bien-gracias-cronica-de-un-cumpleanos/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[solangev]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 21 Jul 2021 22:29:59 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Chispazos]]></category>
		<category><![CDATA[cocinamadera]]></category>
		<category><![CDATA[crónica]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Pollito2 cumple tres años. Así que la otra noche estuve hinchando globos hasta las tantas. No me puedo quejar ni de capacidad pulmonar, ni de mi solvencia para decir tacos suspirando. Voy sobrada. Como somos padres molones, aunque tengamos «fallitos» tales como comprar una piñata sin relleno o entregar in extremis los papeles de la matrícula del cole, habíamos conseguido una fantástica cocinita de madera que&#8230; ¡Chispas!, traía tornillos y 28 pasos para montar el emporio del mejor chef. Así que, como diría Laura Baena de @malasmadres, el buenpadre estuvo dándole al taladro, no sin antes acordarse de mí y de mis libros Montessori. Yo me encargué de la decoración, que es lo mío. En la tienda de confianza del barrio había visto una cosa por dos euros llamada «cortina cumple». La compré. Obvio. Y tachán&#8230; tuve una fantástica entrada de cabaret para el cumple infantil. Me encanta, en serio. Solo 2 euros. Envié foto a mi amiga y esta me recomendó pegar mariposas de colores: «Para mitigar el halo de entrada a club de strippers». Hasta me mandó tutoriales de YouTube para hacer mariposas de origami. A Mí, que sacaba ceros en plástica😂 Llegó el día de autos. Buenpadre y malamadre ojeras hasta el suelo. Globos en orden. Entrada para el stripper o para la tuna universitaria, perfecta. Cocina on. Diadema de unicornio en la cabeza desde primera hora. Nos llaman del cole, que falta la carta astral de la niña para completar la matrícula. Otra vez a revisar su signo zodiacal, su ascendente, el nuestro y demás datos prácticos. Por fin, niña escolarizada. Primero de padres aprobado. ✅ Como me he cogido el día libre, hago lasaña con bechamel de calabacín sana, sana. Nada de tetrabrick como otras veces, noooo. Me siento una diosa y me vengo arriba. Osada que soy, anuncio a los pollitos que me las llevo al parque «porque un día es un día».Me miran con terror pero no dicen nada. La mayor se debe temer que la voy a estar dando la brasa en el columpio jugando a las palabras encadenadas 😎 Después al Mercadona, a comprar la tarta. No recordaba que eran congeladas, así que la tomamos en el postre soplando veinte veces la vela y cantando «cumpleaños feliz «a ver si se ablandaba un poco. Es verano, «no panic». Tarta helada, de toda la vida de Dios, como la Comtessa. 🎉Por la tarde nos toca piñata vacía y piscina. Cuchilla por la pierna que falta y a chapotear. Fin. Ahí la crónica resumida. Puede estar basada en hechos reales, ser una hipérbole elevada al cubo&#8230; O no. Nota: en serio, ¿por qué las piñatas no vienen con el kit completo de chuches y regalos dentro? WTF! &#160; &#160; Imagen de Cottonbro vía Pexels.</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Pollito2 cumple tres años.<br />
Así que la otra noche estuve hinchando globos hasta las tantas. No me puedo quejar ni de capacidad pulmonar, ni de mi solvencia para decir tacos suspirando. Voy sobrada.</p>
<p>Como somos padres molones, aunque tengamos «<em><strong>fallitos</strong></em>» tales como comprar una piñata sin relleno o entregar <em>in extremis</em> los papeles de la matrícula del cole, habíamos conseguido una <em>fantástica cocinita</em> de madera que&#8230; ¡Chispas!, traía tornillos y 28 pasos para montar el emporio del mejor chef.</p>
<p>Así que, como diría Laura Baena de @malasmadres, el buenpadre estuvo dándole al taladro, no sin antes acordarse de mí y de mis libros Montessori.</p>
<p><strong>Yo me encargué de la decoración</strong>, que es lo mío. En la tienda de confianza del barrio había visto una cosa por dos euros llamada «cortina cumple». La compré. Obvio.<br />
Y tachán&#8230; tuve una fantástica entrada de cabaret para el cumple infantil.<br />
Me encanta, en serio. Solo 2 euros.</p>
<p>Envié foto a mi amiga y esta me recomendó pegar mariposas de colores: «Para mitigar el halo de entrada a club de strippers».<br />
Hasta me mandó tutoriales de YouTube para hacer mariposas de origami. A Mí, que sacaba ceros en plástica<img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/1f602.png" alt="😂" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" /></p>
<p><strong>Llegó el día de autos. </strong>Buenpadre y malamadre ojeras hasta el suelo. Globos en orden.<br />
Entrada para el stripper o para la tuna universitaria, perfecta.<br />
Cocina <em>on</em>.<br />
Diadema de unicornio en la cabeza desde primera hora.</p>
<p><strong>Nos llaman del cole</strong>, que falta la carta astral de la niña para completar la matrícula. Otra vez a revisar su signo zodiacal, su ascendente, el nuestro y demás datos prácticos. Por fin, niña escolarizada. Primero de padres aprobado. <img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/2705.png" alt="✅" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" /></p>
<p>Como me he cogido el día libre, hago lasaña con bechamel de calabacín sana, sana. Nada de <em>tetrabrick</em> como otras veces, <em>noooo.</em> Me siento una diosa y me vengo arriba.</p>
<p>Osada que soy, anuncio a los pollitos que me las llevo al parque «porque un día es un día».Me miran con terror pero no dicen nada. La mayor se debe temer que la voy a estar dando la brasa en el columpio jugando a las palabras encadenadas <img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/1f60e.png" alt="😎" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" /></p>
<p>Después al Mercadona, a comprar <strong>la tarta</strong>.<br />
No recordaba que eran congeladas, así que la tomamos en el postre soplando veinte veces la vela y cantando «cumpleaños feliz «a ver si se ablandaba un poco. Es verano, <em>«no panic»</em>. Tarta helada, de toda la vida de Dios, como la Comtessa.</p>
<p><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/1f389.png" alt="🎉" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />Por la tarde nos toca piñata vacía y piscina.<br />
Cuchilla por la pierna que falta y a chapotear.<br />
Fin.</p>
<p>Ahí la crónica resumida.<br />
Puede estar basada en hechos reales, ser una hipérbole elevada al cubo&#8230; O no.</p>
<p>Nota: en serio, ¿por qué las piñatas no vienen con el kit completo de chuches y regalos dentro? <em>WTF!</em></p>
<p>&nbsp;</p>
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<p>Imagen de Cottonbro vía Pexels.</p>
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		<title>Sobre tazas bonitas, lavanda o cómo vivir en universos paralelos</title>
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		<dc:creator><![CDATA[solangev]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 20 Jul 2021 06:17:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Chispazos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Basado en hecho reales. Punto de situación: Domingo. Mediodía. En un lugar de la Mancha. En La Alcarria. En una cafetería de ensueño. La gente espera con respeto y distancia las indicaciones del camarero, mientras este desinfecta y acondiciona las mesas de los clientes anteriores, y después les ubica en el mejor sitio. Llega grupo de señoras. Nada de jóvenes quinceañeras, no, cuarenta y cincuenta y tantos. Como si fuera la Toma de la Bastilla ocupan una mesa aún sin limpiar pero con unas tazas maravillosas, porque como os decía estamos en una cafetería maravillosa. Empiezan a posar y a hacerse fotos como si bebieran té o lo que hubiera en ellas cogiendo los platos y los restos de los anteriores moradores. ¿Holaaa, estamos en una pandemia global? Nos enteramos todos de que las suben a sus Insta y redes varias. Ya está, hecho. Aparece el pobre camarero que, con diligencia, se abre paso y armado con una armadura de paciencia retira y desinfecta todo. Le piden un café en vaso. Meri y yo nos miramos y entendemos o mejor no entendemos nada. Porque los Expedientes X a veces ocurren fuera de la pantalla en un lugar de la Mancha perfecto para dejarte sin las palabras perfectas. Fin. Dice Pablo d&#8217;Ors que «el drama de las redes sociales es la exteriorización exacerbada». A veces ni siquiera es la exteriorización de nuestra realidad, sino pura ficción, impostura, fingimiento o tazas bonitas de otros. La edad, el darme cuenta de que no somos eternas, que dice @lasclavesdesol, y el valor de la belleza en todas sus manifestaciones me están ayudando a educar la mirada para encontrar esos instantes y lugares que ni siquiera tienen que ser físicos pero en los que me gusta estar y por qué no, compartir. Porque la purpurina es viral. Ya sabéis. Por eso creo que las redes son una oportunidad, una puerta abierta por las comunidades y lazos afines que se crean. Pero es una puerta abierta a todo. Porque esto va de percepciones, filtros y fotos imposibles, stories de segundos y vidas reales de 24 horas con momentos wc total poco instagrameables. Y recuerda que al baño hay que ir y vamos todos, porque si no&#8230; malo. No correría la sangre y tal vez solo seríamos pixeles de fotos para colgar. Foto sin filtro. Porque el campo no necesita filtro. No es un decorado, son campos de lavanda, es decir con sus abejas y demás a tutiplén. No te engañes. Los vestidos blancos son muy bonitos para pasear, ver el atardecer y tomar algo en Brihuega ese pueblo maravilloso de la lavanda. Si tu objetivo es pasar el día como Dora la exploradora, ve de campo de verdad como hemos hecho toda la vida de Dios: con calzado de campo y bocatas. Y disfruta, con o sin fotos.</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Basado en hecho reales.</p>
<p>Punto de situación: Domingo. Mediodía.<br />
En un lugar de la Mancha. En La Alcarria.<br />
En una cafetería de ensueño.<br />
La gente espera con respeto y distancia las indicaciones del camarero, mientras este desinfecta y acondiciona las mesas de los clientes anteriores, y después les ubica en el mejor sitio.</p>
<p>Llega grupo de señoras. Nada de jóvenes quinceañeras, no, cuarenta y cincuenta y tantos. Como si fuera la Toma de la Bastilla ocupan una mesa aún sin limpiar pero con unas <strong>tazas maravillosas</strong>, porque como os decía estamos en una cafetería maravillosa.</p>
<p>Empiezan a posar y a hacerse fotos como si bebieran té o lo que hubiera en ellas cogiendo los platos y los restos de los anteriores moradores.<br />
<em>¿Holaaa, estamos en una pandemia global?</em></p>
<p>Nos enteramos todos de que las suben a sus Insta y redes varias. Ya está, hecho.</p>
<p>Aparece el pobre camarero que, con diligencia, se abre paso y armado con una armadura de paciencia retira y desinfecta todo. <strong>Le piden un café en vaso</strong>.</p>
<p>Meri y yo nos miramos y entendemos o mejor no entendemos nada.<br />
Porque los Expedientes X a veces ocurren fuera de la pantalla en un lugar de la Mancha perfecto para dejarte sin las palabras perfectas.<br />
Fin.</p>
<p>Dice Pablo d&#8217;Ors que «el drama de las redes sociales es la exteriorización exacerbada». A veces ni siquiera es la exteriorización de nuestra realidad, sino pura ficción, impostura, fingimiento o tazas bonitas de otros.</p>
<p>La edad, el darme cuenta de que no somos eternas, que dice <a href="https://www.instagram.com/lasclavesdesol/?hl=en">@lasclavesdesol</a>, y el valor de la belleza en todas sus manifestaciones me están ayudando a educar la mirada para encontrar esos instantes y lugares que ni siquiera tienen que ser físicos pero en los que me gusta estar y por qué no, compartir.<br />
Porque la purpurina es viral. Ya sabéis.</p>
<p>Por eso creo que las redes son una oportunidad, una puerta abierta por las comunidades y lazos afines que se crean.<br />
Pero es una puerta abierta a todo. Porque esto va de percepciones, filtros y fotos imposibles, <em>stories</em> de segundos y vidas reales de 24 horas con momentos <em>wc</em> total poco <em>instagrameables.</em><br />
Y recuerda que al baño hay que ir y vamos todos, porque si no&#8230; malo. No correría la sangre y tal vez solo seríamos pixeles de fotos para colgar.</p>
<p>Foto sin filtro. Porque el campo no necesita filtro.<br />
No es un decorado, son campos de lavanda, es decir con sus abejas y demás a tutiplén.<br />
No te engañes. Los vestidos blancos son muy bonitos para pasear, ver el atardecer y tomar algo en Brihuega ese pueblo maravilloso de la lavanda. Si tu objetivo es pasar el día como Dora la exploradora, ve de campo de verdad como hemos hecho toda la vida de Dios: con calzado de campo y bocatas.<br />
Y disfruta, con o sin fotos.</p>
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		<title>El vestido azul</title>
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		<dc:creator><![CDATA[solangev]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 05 Feb 2021 17:32:38 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>El día que murió papá yo llevaba puesto un vestido azul espectacular. Perdón, rebobinemos. La tarde en la que me llamaron para decirme que papá había muerto, yo llevaba un vestido azul, tan bonito como una tarde de verano y tan inapropiado como la muerte. Recuerdo, que mientras intentaba concentrarme en las indicaciones prácticas que me daban al otro lado del teléfono, mi cabeza solo me gritaba una y otra que debía cambiarme de ropa cuanto antes. Es curioso como somos capaces de sepultar las emociones más fuertes con pensamientos absurdos de color azul. Mi mente iba a mil por hora repasando, en un rally ansioso, el recorrido que tendría que hacer del trabajo al metro, del metro a casa y, allí, a mi dormitorio, donde se produciría ese momento salvador en el que abriría el armario y elegiría, al fin, un vestuario sobrio y acorde. La muerte de papá, de repente, parecía resolverse eliminando de un plumazo el dichoso vestido azul. Con el tiempo he pensado que tal vez papá hubiera preferido verme radiante de azulinidad vibrante, aunque triste y llorosa, en lugar de gris y sobria. No lo sé. Tampoco sé qué hubieran pensado los demás. Ahora, que ha pasado tanto tiempo de aquello y que hemos vivido otras despedidas, pienso en todos los que nos han dejado y cómo les gustaría que nos comiéramos la vida: A bocados. Estoy segura de que nos dirían que dejemos la sobriedad a un lado y que nos emborrachemos de vida. Estoy segura de que les encantaría vernos con un vestido tan azul. &#8230; El otro día, después de tantos años, haciendo un «Marie Kondo», apareció el vestido y, aunque ya no me vale, lo he vuelto a colgar en el armario en un lugar bien visible. Para recordarme que siempre tenemos que tener a mano un vestido azul y una tarde de verano.</p>
<p>La entrada <a href="https://solangevernon.com/el-vestido-azul/">El vestido azul</a> se publicó primero en <a href="https://solangevernon.com">Solange Vernon</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>El día que murió papá yo llevaba puesto un vestido azul espectacular.<br />
Perdón, rebobinemos. La tarde en la que me llamaron para decirme que papá había muerto, yo llevaba un vestido azul, tan bonito como una tarde de verano y tan inapropiado como la muerte.</p>
<p>Recuerdo, que mientras intentaba concentrarme en las indicaciones prácticas que me daban al otro lado del teléfono, mi cabeza solo me gritaba una y otra que debía cambiarme de ropa cuanto antes.</p>
<p>Es curioso como somos capaces de sepultar las emociones más fuertes con pensamientos absurdos de color azul.</p>
<p>Mi mente iba a mil por hora repasando, en un rally ansioso, el recorrido que tendría que hacer del trabajo al metro, del metro a casa y, allí, a mi dormitorio, donde se produciría ese momento salvador en el que abriría el armario y elegiría, al fin, un vestuario sobrio y acorde.</p>
<p>La muerte de papá, de repente, parecía resolverse eliminando de un plumazo el dichoso vestido azul.</p>
<p>Con el tiempo he pensado que tal vez papá hubiera preferido verme radiante de azulinidad vibrante, aunque triste y llorosa, en lugar de gris y sobria. No lo sé. Tampoco sé qué hubieran pensado los demás.</p>
<p>Ahora, que ha pasado tanto tiempo de aquello y que hemos vivido otras despedidas, pienso en todos los que nos han dejado y cómo les gustaría que nos comiéramos la vida:<br />
A bocados.</p>
<p>Estoy segura de que nos dirían que dejemos la sobriedad a un lado y que nos emborrachemos de vida.</p>
<p>Estoy segura de que les encantaría vernos con un vestido tan azul.</p>
<p>&#8230;<br />
El otro día, después de tantos años, haciendo un «Marie Kondo», apareció el vestido y, aunque ya no me vale, lo he vuelto a colgar en el armario en un lugar bien visible.<br />
Para recordarme que siempre tenemos que tener a mano un vestido azul y una tarde de verano.</p>
<p>La entrada <a href="https://solangevernon.com/el-vestido-azul/">El vestido azul</a> se publicó primero en <a href="https://solangevernon.com">Solange Vernon</a>.</p>
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		<title>Primeras veces</title>
		<link>https://solangevernon.com/primeras-veces/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[solangev]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 20 Dec 2020 08:21:57 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>El primer chico que pidió salir a Candela se llamaba Armillo. Ese era su apellido porque nadie le llamaba por su nombre. Nadie sabía su nombre. Se lo pidió un sábado, antes de Navidad, en el pub donde todo el instituto celebraba que habían terminado las clases. Allí estaban todos. Los que aprobarían y los que no. Los que querían ir a la universidad y los que no. Los que morirían antes de los 30 y los que no. Los que tendrían hijos antes de tiempo y se lamentarían y los que no los tendrían nunca. ✨Estaban todos. Hasta los marginados. Aquellos que a pesar de la mofa y el sufrimiento que se les infringía, tenían un par de huevos u ovarios de plantarse allí y hacer una nueva llamada a ser aceptados. Aquellos que eran brillantes academicamente pero tal vez tenían más granos o menos zapatillas a la moda. El porqué de ser un marginado suele ser siempre cuestión arbitraria. ✨Lo dicho, el primer chico que pidió salir a Candela fue Armillo. Aún esta recuerda el jolgorio de sus amigas:»¡Ay Candela, esto solo podía pasarte a ti!». Y ella riéndose también, aunque se sintiera secretamente halagada. ✨Porque en el fondo, Armillo era como ella, un empollón que llevaba gafas, al que le gustaba leer y no tenía miedo de decir abiertamente que disfrutaba con las clases de química. Y era alto. No alto y fornido. Sino alto y desgarbado. Como todo hombre que se está haciendo. ✨Candela era la empollona también, versión femenina, y le gustaba llenar cuadernos con historias. No estaba gorda ni tenía granos. Pero sí ropa heredada con muchas puntillas. Digamos que no era una chica popular en absoluto, pero a la que no hacían lo que ahora llamamos bullying. Ya había otros más llamativos a los que fastidiar. ✨Ese día Candela rechazó la propuesta de Armillo, del que nunca supo ni le importó su nombre, con mucha educación pero firmeza. ✨Él tampoco era un chico popular. Los que molaban entonces eran esos guaperas que se sentaban en la última fila de clase para hablar, y en la última del autobús para liarse porros, esos malotes que pedían los apuntes a Candela, que no abrían un libro, que no sabían lo que era un soneto, pero sí «sabían mucho de chicas» y de cómo meterles mano en los rincones. Esos que alguna vez llegaban con un labio partido. Esos a los que si consigues enamorar, cambian y caen rendidos a tus pies. Porque el amor todo lo puede. Y la atracción por los malotes es siempre lo más. Ya lo sabemos hoy por Crepúsculo o 50 Sombras&#8230; ✨A Candela no le gustaban para nada los malotes, pero salir con Armillo&#8230; Eso sí que le hubiera generado problemas. Pues eso, que le dijo no. Hoy a la Candela de 40 años, su assistant que es un chico de 30 años, &#8211; ¿y por qué no?-, le ha cerrado una reunión con el director de un centro de investigación que está a la carrera de dar con una solución contra el Covid 19. El susodicho se llama Juan Carlos Armillo. Aún no ha cotilleando su LinkedIn. Pero sí ha recordado todo esto. ✨La Candela de hoy, a la pregunta de «¿quieres salir conmigo?» Volvería a responder que no. Pero por motivos bien distintos. Ahora sabe mucho más. Ahora es casi sabia. Porque con suerte está en la mitad de su vida. Le diría que no, por supuesto, porque ¿quién quiere echarse novio a esa edad y a punto de empezar la universidad? ✨Pero también haría tres cosas: le preguntaría su nombre, le invitaría a una cerveza y le compartiría los libros que quería leerse aquella Navidad.</p>
<p>La entrada <a href="https://solangevernon.com/primeras-veces/">Primeras veces</a> se publicó primero en <a href="https://solangevernon.com">Solange Vernon</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>El primer chico que pidió salir a Candela se llamaba Armillo. Ese era su apellido porque nadie le llamaba por su nombre.<br />
Nadie sabía su nombre.</p>
<p>Se lo pidió un sábado, antes de Navidad, en el pub donde todo el instituto celebraba que habían terminado las clases.<br />
Allí estaban todos.<br />
Los que aprobarían y los que no. Los que querían ir a la universidad y los que no.<br />
Los que morirían antes de los 30 y los que no. Los que tendrían hijos antes de tiempo y se lamentarían y los que no los tendrían nunca.</p>
<p><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/2728.png" alt="✨" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />Estaban todos.<br />
Hasta los marginados. Aquellos que a pesar de la mofa y el sufrimiento que se les infringía, tenían un par de huevos u ovarios de plantarse allí y hacer una nueva llamada a ser aceptados. Aquellos que eran brillantes academicamente pero tal vez tenían más granos o menos zapatillas a la moda.<br />
El porqué de ser un marginado suele ser siempre cuestión arbitraria.</p>
<p><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/2728.png" alt="✨" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />Lo dicho, el primer chico que pidió salir a Candela fue Armillo. Aún esta recuerda el jolgorio de sus amigas:»¡Ay Candela, esto solo podía pasarte a ti!».<br />
Y ella riéndose también, aunque se sintiera secretamente halagada.</p>
<p><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/2728.png" alt="✨" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />Porque en el fondo, Armillo era como ella, un empollón que llevaba gafas, al que le gustaba leer y no tenía miedo de decir abiertamente que disfrutaba con las clases de química.<br />
Y era alto. No alto y fornido. Sino alto y desgarbado. Como todo hombre que se está haciendo.</p>
<p><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/2728.png" alt="✨" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />Candela era la empollona también, versión femenina, y le gustaba llenar cuadernos con historias. No estaba gorda ni tenía granos. Pero sí ropa heredada con muchas puntillas.<br />
Digamos que no era una chica popular en absoluto, pero a la que no hacían lo que ahora llamamos bullying. Ya había otros más llamativos a los que fastidiar.</p>
<p><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/2728.png" alt="✨" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />Ese día Candela rechazó la propuesta de Armillo, del que nunca supo ni le importó su nombre, con mucha educación pero firmeza.</p>
<p><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/2728.png" alt="✨" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />Él tampoco era un chico popular.<br />
Los que molaban entonces eran esos guaperas que se sentaban en la última fila de clase para hablar, y en la última del autobús para liarse porros, esos malotes que pedían los apuntes a Candela, que no abrían un libro, que no sabían lo que era un soneto, pero sí «sabían mucho de chicas» y de cómo meterles mano en los rincones. Esos que alguna vez llegaban con un labio partido. Esos a los que si consigues enamorar, cambian y caen rendidos a tus pies. Porque el amor todo lo puede. Y la atracción por los malotes es siempre lo más. Ya lo sabemos hoy por Crepúsculo o 50 Sombras&#8230;</p>
<p><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/2728.png" alt="✨" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />A Candela no le gustaban para nada los malotes, pero salir con Armillo&#8230; Eso sí que le hubiera generado problemas.<br />
Pues eso, que le dijo no.</p>
<p>Hoy a la Candela de 40 años, su assistant que es un chico de 30 años, &#8211; ¿y por qué no?-, le ha cerrado una reunión con el director de un centro de investigación que está a la carrera de dar con una solución contra el Covid 19. El susodicho se llama Juan Carlos Armillo. Aún no ha cotilleando su LinkedIn. Pero sí ha recordado todo esto.</p>
<p><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/2728.png" alt="✨" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />La Candela de hoy, a la pregunta de «¿quieres salir conmigo?» Volvería a responder que no. Pero por motivos bien distintos.<br />
Ahora sabe mucho más. Ahora es casi sabia. Porque con suerte está en la mitad de su vida.<br />
Le diría que no, por supuesto, porque ¿quién quiere echarse novio a esa edad y a punto de empezar la universidad?<br />
<img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/2728.png" alt="✨" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />Pero también haría tres cosas: le preguntaría su nombre, le invitaría a una cerveza y le compartiría los libros que quería leerse aquella Navidad.</p>
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		<title>Libros que me quiero leer (postcuarentena y estado de alarma)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[solangev]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 14 Jun 2020 07:32:39 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Chispazos]]></category>
		<category><![CDATA[escritores]]></category>
		<category><![CDATA[Lectura]]></category>
		<category><![CDATA[leeresvivir]]></category>
		<category><![CDATA[recomendacioneslibreras]]></category>
		<category><![CDATA[títulosdelibros]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Si Encarna hubiera nacido en París, hoy sería una de esas #mujeresquecompranflores en Montmartre. Pero no, ella había nacido en Madrid y las compraba en Chamberí para llevarlas a La Almudena, cada mes, a su marido. -Mamá, cómprate flores para ti. Papá no las necesita &#8211; decía su hijo. Sin embargo, ella seguía puntual el primer jueves de cada mes dejando secar margaritas blancas y azules en una tumba. Excepto hoy. Porque estaba confinada. Ahora todos los jueves se quedaba en la cama más tiempo. Para qué madrugar si #lavidanormal que conocía se había ido por el desagüe como si fuera agua sucia. Ahora tenía que empezar a ensayar una nueva normalidad sin saber qué demonios sería eso. Era como  adentrarse #eneljardindelogro. En su duermevela soñaba con unos tiempos lejanos en los que viajaba a París en un cochecama desde Madrid y el ferrocarril, con su magia, la despertaba horas después para desayunar croissants en la ciudad de la luz. Entonces #conelamorbastaba. Pero ahora no era #elsonidodeuntrenenlanoche lo que la despertaba, sino el teléfono. Alargó la mano para descolgar, no sin antes notar el hueco de la cama. Era su hijo. ¿Cuándo se habían intercambiado los papeles?, ¿cuándo había dejado ella de ser la pesada que cuidaba para pasar a ser la cuidada? Parecía que su hijo se había transformado de repente y a sus 42 años hubiera dicho #hastanuncaPeterPan. No soportaba su tonito paternal, aunque sí sentía cierto placer maligno al notar su preocupación y miedo por si enfermaba por el bicho. Le dijo sí a todo y cortó rápido. Le había fastidiado su viaje parisino y ya no podía estar más en la cama. Es una lástima no vivir la felicidad, solo recordarla. Ahora volvería atrás y saborearía cada segundo en aquel tren. Viviría #acorazonabierto. Siempre. Como si no hubiera mañana. Porque el mañana era incierto y a veces absurdo. Subió las persianas . Volvía a llover. Abrió las ventanas y dejó que el olor a lluvia entrara a raudales. Se le ocurrió que sería un buen momento para limpiar la biblioteca del salón atestada de polvo. Así tendría la mente ocupada. Cada uno de los títulos le recordaba un momento concreto de su vida que nada tenía que ver con el argumento del libro. Tomó uno de ellos y acarició su lomo. Era uno de los que le había regalado su marido  antes del accidente. Nunca lo leyó. Hacía tiempo que la lectura había pasado a ser un lujo sólo apto para ricos en alegrías. Se sentó a ojearlo. “El libro es una extensión de la memoria de la imaginación”, leyó. Sabía perfectamente de quién era esa frase. Miró con culpabilidad los paquetes sin abrir que su hijo le enviaba. Un libro cada semana. Su cotidianidad. Antes. Antes de todo. Tomó uno de esos libros. Sonrió, dejó el trapo del polvo a un lado. Por un momento, se sintió otra vez poderosa. Viva. Tal vez era un buen momento para empezar de nuevo. Leer de nuevo. Sentir que aún podía tener #elinfinitoenunjunco. Listado de títulos y autores: Mujeres que compran flores de Vanessa Monfort La vida normal de Dulce María Cardoso En el jardín del ogro de Leila Slimani Con el amor bastaba de Máximo Huerta El sonido de un tren en la noche de Laura Riñón Hasta nunca Peter Pan de Nando López A corazón abierto de Elvira Lindo El infinito en un junco de Irene Vallejo</p>
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<p>Si Encarna hubiera nacido en París, hoy sería una de esas #mujeresquecompranflores en Montmartre. Pero no, ella había nacido en Madrid y las compraba en Chamberí para llevarlas a La Almudena, cada mes, a su marido.</p>
<p>-Mamá, cómprate flores para ti. Papá no las necesita &#8211; decía su hijo.</p>
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<div dir="auto">Sin embargo, ella seguía puntual el primer jueves de cada mes dejando secar margaritas blancas y azules en una tumba.</div>
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<div dir="auto">Excepto hoy. Porque estaba confinada.</div>
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<div dir="auto">Ahora todos los jueves se quedaba en la cama más tiempo. Para qué madrugar si #lavidanormal que conocía se había ido por el desagüe como si fuera agua sucia. Ahora tenía que empezar a ensayar una nueva normalidad sin saber qué demonios sería eso. Era como  adentrarse #eneljardindelogro.</div>
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<div dir="auto">En su duermevela soñaba con unos tiempos lejanos en los que viajaba a París en un cochecama desde Madrid y el ferrocarril, con su magia, la despertaba horas después para desayunar croissants en la ciudad de la luz. Entonces #conelamorbastaba.</div>
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<div dir="auto">Pero ahora no era #elsonidodeuntrenenlanoche lo que la despertaba, sino el teléfono. Alargó la mano para descolgar, no sin antes notar el hueco de la cama.</div>
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<div dir="auto">Era su hijo.</div>
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<div dir="auto">¿Cuándo se habían intercambiado los papeles?, ¿cuándo había dejado ella de ser la pesada que cuidaba para pasar a ser la cuidada?</div>
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<div dir="auto">Parecía que su hijo se había transformado de repente y a sus 42 años hubiera dicho #hastanuncaPeterPan. No soportaba su tonito paternal, aunque sí sentía cierto placer maligno al notar su preocupación y miedo por si enfermaba por el bicho.</div>
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<div dir="auto">Le dijo sí a todo y cortó rápido. Le había fastidiado su viaje parisino y ya no podía estar más en la cama.</div>
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<div dir="auto">Es una lástima no vivir la felicidad, solo recordarla. Ahora volvería atrás y saborearía cada segundo en aquel tren. Viviría #acorazonabierto. Siempre. Como si no hubiera mañana. Porque el mañana era incierto y a veces absurdo.</div>
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<div dir="auto">Subió las persianas . Volvía a llover. Abrió las ventanas y dejó que el olor a lluvia entrara a raudales.</div>
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<div dir="auto">Se le ocurrió que sería un buen momento para limpiar la biblioteca del salón atestada de polvo. Así tendría la mente ocupada.</div>
<div dir="auto">Cada uno de los títulos le recordaba un momento concreto de su vida que nada tenía que ver con el argumento del libro. Tomó uno de ellos y acarició su lomo. Era uno de los que le había regalado su marido  antes del accidente. Nunca lo leyó. Hacía tiempo que la lectura había pasado a ser un lujo sólo apto para ricos en alegrías. Se sentó a ojearlo. “El libro es una extensión de la memoria de la imaginación”, leyó. Sabía perfectamente de quién era esa frase.</div>
<div dir="auto">Miró con culpabilidad los paquetes sin abrir que su hijo le enviaba. Un libro cada semana. Su cotidianidad. Antes. Antes de todo. Tomó uno de esos libros. Sonrió, dejó el trapo del polvo a un lado. Por un momento, se sintió otra vez poderosa. Viva. Tal vez era un buen momento para empezar de nuevo. Leer de nuevo. Sentir que aún podía tener #elinfinitoenunjunco.</div>
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<div dir="auto">Listado de títulos y autores:</div>
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<li dir="auto">Mujeres que compran flores de <a href="https://www.instagram.com/vanessamontfort_oficial/">Vanessa Monfort</a></li>
<li dir="auto"><a href="https://www.instagram.com/p/B-pMc-tFvQj/">La vida normal</a> de Dulce María Cardoso</li>
<li dir="auto"><a href="https://www.instagram.com/p/B7RV3ugiwb9/">En el jardín del ogro</a> de Leila Slimani</li>
<li dir="auto">Con el amor bastaba de <a href="https://www.instagram.com/maximohuerta/">Máximo Huerta</a></li>
<li dir="auto">El sonido de un tren en la noche de <a href="https://www.instagram.com/amapolaslibreria/">Laura Riñón</a></li>
<li dir="auto">Hasta nunca Peter Pan de <a href="https://www.instagram.com/nandolopez_autor/">Nando López</a></li>
<li dir="auto">A corazón abierto de <a href="https://www.instagram.com/lindesca/">Elvira Lindo</a></li>
<li dir="auto">El infinito en un junco de <a href="https://www.instagram.com/irenevallejomoreu/">Irene Vallejo</a></li>
</ul>
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		<title>Invencible</title>
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		<dc:creator><![CDATA[solangev]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 17 Apr 2020 20:54:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Chispazos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Menos mal que de pequeña su madre le había enseñado a sonreír no sólo con la boca sino con los ojos. Y eso mismo es lo que había estado haciendo todo el día mientras pasaba los productos por el escáner de la caja. Tomates, garbanzos, latas de atún, papel higiénico&#8230; Ya no decía: “¡El siguiente!”.  Decía: “Hola, ¿cómo está?», sonriendo con una mirada amplia, de oreja a oreja. Había veces que hasta podía saludar con un “buenos días María”, “buenas, tardes don Antonio, ¿cómo está usted? y doña Carmen, ¿ha salido ya del hospital?”. “Catalina, ¿no se olvida usted de los kiwis que se toma cada mañana?”. “Fátima, ¿qué tal está el pequeño Ahmed? Sí, mira, el cuscús lo tienes al fondo, a la izquierda, es que hemos cambiado de sitio algunas cosas con el lío este del bicho». Había veces que tenía suerte y esas almas amables, que conocía después de algunos años, hacían cola para pasar por su caja y, entre pitido y pitido, charlar fugazmente. ¡Entonces se sentía tan afortunada! Pero sobre todo cuando Madrid se arrancaba cada día a las ocho en un ruidoso aplauso que le recordaba que su confinamiento en el supermercado había terminado por ese día. Entonces era libre de ir «dónde quisiera»&#8230; De tomarse su cañita con las amigas del colegio en el pub de moda: Zoom. De comprar una entrada en primera fila para asistir por enésima vez a la función de Hija 1 “Let it go, let it gooooo” y disfrutar de una puesta en escena brutal, a base de sillas y toallas como telón&#8230; También podía meter los pies en el mar y juguetear con las olas azul seda de su fular que, Hija 2 había convertido en el mismísimo mar Mediterráneo. Después de ocho horas de confinamiento, tocaba salir y respirar el aire más puro que existe: el de las caricias y el hogar. Se miró en el espejo del ascensor las ojeras grises y las canas cansadas. Se quitó los guantes y la mascarilla antialegría. Sacó con cuidado del bolsillo un trozo de tela azul con un unicornio pintado y dos agujeritos en los laterales por los cuales se deslizaba un cordel dorado. Se tapó nariz y boca y ató los extremos brillantes como pudo. Entonces sí, como cada día, abrió la puerta de casa. Dos bocas sonrientes la fueron a recibir saltando en la distancia, todavía sin espachurrarla como harían después. “Mamá, ¡¡qué bien te queda nuestra mascarilla!! Esta noche pondremos más purpurina al unicornio. ¡Así serás invencible!” “¡Soy invencible!”, repitió suave mientras empezaba con su desinfección diaria de tristeza.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div dir="auto">Menos mal que de pequeña su madre le había enseñado a sonreír no sólo con la boca sino con los ojos.</div>
<div dir="auto">Y eso mismo es lo que había estado haciendo todo el día mientras pasaba los productos por el escáner de la caja. Tomates, garbanzos, latas de atún, papel higiénico&#8230;</div>
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<div dir="auto">Ya no decía: “¡El siguiente!”.  Decía: “Hola, ¿cómo está?», sonriendo con una mirada amplia, de oreja a oreja.</div>
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<div dir="auto">Había veces que hasta podía saludar con un “buenos días María”, “buenas, tardes don Antonio, ¿cómo está usted? y doña Carmen, ¿ha salido ya del hospital?”.</div>
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<div dir="auto">“Catalina, ¿no se olvida usted de los kiwis que se toma cada mañana?”. “Fátima, ¿qué tal está el pequeño Ahmed? Sí, mira, el cuscús lo tienes al fondo, a la izquierda, es que hemos cambiado de sitio algunas cosas con el lío este del bicho».</div>
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<div dir="auto">Había veces que tenía suerte y esas almas amables, que conocía después de algunos años, hacían cola para pasar por su caja y, entre pitido y pitido, charlar fugazmente.</div>
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<div dir="auto">¡Entonces se sentía tan afortunada!</div>
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<div dir="auto">Pero sobre todo cuando Madrid se arrancaba cada día a las ocho en un ruidoso aplauso que le recordaba que su confinamiento en el supermercado había terminado por ese día. Entonces era libre de ir «dónde quisiera»&#8230;</div>
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<div dir="auto">De tomarse su cañita con las amigas del colegio en el pub de moda: Zoom. De comprar una entrada en primera fila para asistir por enésima vez a la función de Hija 1 “Let it go, let it gooooo” y disfrutar de una puesta en escena brutal, a base de sillas y toallas como telón&#8230;</div>
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<div dir="auto">También podía meter los pies en el mar y juguetear con las olas azul seda de su fular que, Hija 2 había convertido en el mismísimo mar Mediterráneo.</div>
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<div dir="auto">Después de ocho horas de confinamiento, tocaba salir y respirar el aire más puro que existe: el de las caricias y el hogar.</div>
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<div dir="auto">Se miró en el espejo del ascensor las ojeras grises y las canas cansadas.</div>
<div dir="auto">Se quitó los guantes y la mascarilla antialegría. Sacó con cuidado del bolsillo un trozo de tela azul con un unicornio pintado y dos agujeritos en los laterales por los cuales se deslizaba un cordel dorado. Se tapó nariz y boca y ató los extremos brillantes como pudo.</div>
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<div dir="auto">Entonces sí, como cada día, abrió la puerta de casa.</div>
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<div dir="auto">Dos bocas sonrientes la fueron a recibir saltando en la distancia, todavía sin espachurrarla como harían después.</div>
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<div dir="auto">“Mamá, ¡¡qué bien te queda nuestra mascarilla!! Esta noche pondremos más purpurina al unicornio. ¡Así serás invencible!”</div>
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<div dir="auto">“¡Soy invencible!”, repitió suave mientras empezaba con su desinfección diaria de tristeza.</div>
<p>La entrada <a href="https://solangevernon.com/invencible/">Invencible</a> se publicó primero en <a href="https://solangevernon.com">Solange Vernon</a>.</p>
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