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Carta a Carmen Martín Gaite

Esta carta está recogida en la antología de escritoras sin síndrome de la impostora, tras la lectura del libro maravilloso de Andrea Mateos: Impostora. Un retrato silvestre para reivindicar la escritura propia.

Madrid, en alguna fecha incierta de esta vida loca

Querida Carmen:

¿Cómo estás? Por aquí ando con nubosidad variable, tanto en el ambiente como en mi cabeza, pero por fin he podido sentarme a dedicarte unas líneas.

La culpa es de otra escritora: Andrea Mateos, que acaba de regalarnos, a las mujeres de La Resistencia Literaria, un retrato silvestre para reivindicar la escritura propia. No imaginas la emoción que hemos sentido todas al leer sus textos y vernos reflejadas en sus letras.

Ay, Carmen, tienes que unirte a uno de nuestros aquelarres. No temas, no somos sectarias ni tendrás nada que hacer. Algunos, tal vez, te digan que es un club, una sociedad literaria o incluso una plataforma de indignadas, pero te diría que es todo mucho más sencillo. Tan solo somos una resistencia silenciosa, ni siquiera organizada, que lo único que busca es vivir, no solo entre visillos o en los márgenes, sino también ocupar calles y espacios.

Tú ya me entiendes: convertirnos en paseantes que escriben y leen, que anotan y observan. Sí, somos esas que llevamos libros y magia en bolsas de tela —que llaman ahora tote bags—, o esas otras que llevabas tú, de redecilla beige, junto a los limones y el manojo de acelgas del mercado. Somos las que nos pasamos de parada de autobús por culpa de un capítulo más o las que preferimos pasar la noche con un buen libro en lugar de con un mal amante.

La Resistencia Literaria la crean mujeres vivas y muertas, con caminos hechos y senderos nuevos por hacer. Como tú. He tenido la suerte de encontrarme ya con algunas de ellas: Andrea, May, Virginia, Mary, Esmeralda, Valeria, Vanessa, Rosa, Sylvia, Annie, Begoña, Marta, Sofía, Mariana, Raquel, Sabela, Cristina, Sara, Irene, Alba, Laura, Yolanda… ¡pero tengo tantas pendientes de conocer!: Elena, Marguerite, Clara, María Mercedes, Joanna… El listado no terminaría nunca.

Cada una de estas mujeres es un faro que me transporta con su luz a otro con el que alumbrarme. Por todas ellas circulan ríos desbordados de tinta que nos llevan de la una a la otra, como una ramificación neuronal silente que grita y nos interpela a tomar la pluma y no parar de atrapar la vida en servilletas, tickets y libretas.

Pero no me enrollo más. Como te decía, por fin pude sentarme hoy en mi escritorio, es decir, la mesa del salón donde comemos, ordeno las facturas y hacen los deberes las niñas. He comenzado de madrugada, decidida a recuperar la magia de las relaciones epistolares, esas que en mi adolescencia me hacían odiar los domingos, porque no había correo ni cartero que pudiera traer las buenas nuevas de cualquiera de mis amigas o de mis amores frustrados.

Como te digo, estaba yo en ese momento que llaman la hora azul, esa que, desde mi ventana, convierte las tejas envejecidas de la casa de enfrente en promesa de vida en calma que luego nunca es. Es ese momento en el que una quiere romantizar su día, mirar el horizonte y pensar que tiene un par de horas para escribir y ser.

Sí, ser yo, sin etiquetas de madre, amiga, esposa, trabajadora, hija o persona amable que te encuentras en el ascensor. Ese momento. Ese que es una suerte de plenitud.

¿Es horrible pensar que solo ahí, fugazmente, somos? Sería tan triste…

Me quedaré con la frase de Walt Whitman que dice que “contenemos multitudes”. Sí, eso es. Nos diremos que estamos llenas de universos y ambivalencias. Que me lo digan cuando peino a mis hijas y no reconozco esas manos que trenzan su pelo mientras piensan cómo sacar tiempo para trenzar historias. 

¿Se puede estar aquí y allí a la vez? ¿Se puede ser una y contener todas las maternidades e identidades que nos hemos ido creando? La hibridez y la contradicción están en mi ADN como tatuajes de fuego.

Querida Carmen, las luces del obrador de debajo de casa ya están prendidas y casi puedo oler los bollos de leche que empiezan a hornear. Prendido está también mi deseo de escribir. El deseo es importante: es el disparadero de todo lo demás.

Son las 6:30. Aún hay tiempo, me digo, y sigo soñando con la tinta y el trazo sobre el papel. Ingenua. La llamada del viento en una ventana mal cerrada nos ha devuelto a lo doméstico: Portazo y grito desgarrador de una niña asustada.

—¡Mamaaaá!

Maldigo la ventana y a mí misma por no haber revisado cada detalle antes de poner negro sobre blanco. Ya me sé el final de esta función: adiós a la tinta hasta la hora verde o cualquiera que sea el color que toque.

                                                      {    la vida       }

Amiga, ya he vuelto, ya sabes que quienes escribimos lo hacemos en huecos y rincones, en la hora amarilla, negra, violeta o naranja, en la hora turbia, y, con suerte, en la hora de la aurora boreal, esa en la que se produce el milagro y, de repente, sabes que es ahí, y que solo por ese instante, valió la pena.

Son las tres y me está entrando sueño. Estoy deseando saber lo que piensas de toda esta verborrea de madrugadas y madrugones, hecha de los jirones de esas mujeres que soy. Te seguiré escribiendo para ser y narrarme, para retozar en todas mis vidas. 

Desde ya, gracias, amiga. Me narro porque sabes leerme, porque juntas nos relatamos. Voy a apagar la luz. Buenas noches, estés donde estés. Te volveré a escribir desde el cuarto de atrás.

Tuya y todo eso,
Lara 

P.D. Pronto recibirás la notificación de tu registro en La Resistencia Literaria. Me tomaré la libertad de inscribirte directamente sin esperar tu respuesta.

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